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Bienvenido a este espacio dedicado a los poetas y a la poesía

lunes, 24 de mayo de 2010

Homero Manzi


Poeta y letrista (1 de noviembre de 1907 - 3 de mayo de 1951)
Nombre completo: Homero Nicolás Manzione Apodo: Barbeta

Manzi encarna, más que ningún otro, la presencia de la poesía en la letra del tango. Fue un poeta que no publicó ningún libro de poesías. El medio de su poética fue siempre la canción, desde los motivos camperos hasta la música urbana, en la que alcanzó su mayor realización. De esa manera gozó de inmensa popularidad, sin renunciar nunca a sus convicciones de poeta. Apeló a la metáfora, incluso surrealista, pero no avanzó demasiado por ese camino, que quizás hubiera dificultado la comprensión de su mensaje por el hombre común. No utilizó el lunfardo (argot de Buenos Aires) para expresarse, pese al compromiso popular de su obra literaria. A diferencia de otros grandes autores, sus letras no ofrecen crónicas de la realidad social ni imparten consignas morales. Sus versos suelen estar llenos de nostalgia, como el tango mismo. A través de ellos, Manzi arroja una mirada plena de ternura y compasión hacia los seres y las cosas. El barrio pobre, suburbano, es su gran escenario. Su tango "Sur", de 1948, con música del bandoneonista Aníbal Troilo, probablemente la obra suprema del género en aquella esplendorosa década, resume el sentido más profundo de su obra.

Homero Nicolás Manzione, como verdaderamente se llamaba, nació de madre uruguaya y padre argentino (se diría que como el propio tango) en Añatuya, un empalme ferroviario de Santiago del Estero, una casi desértica provincia del noroeste argentino, el 1º de noviembre de 1907. Allí probaba fortuna su padre como discreto hacendado rural. Con siete años Homero ya estaba radicado en Buenos Aires, para comenzar su educación en el colegio Luppi, del humilde y alejado barrio de Pompeya. Cada elemento de aquel paisaje -desde el largo paredón que recorría camino de la escuela hasta el terraplén del ferrocarril, en una mágica reunión de ciudad y pampa- quedará capturado en algunas de sus letras posteriores, como la de "Barrio de tango" (de 1942) y la de "Sur".

El vals "¿Por qué no me besas?", de 1921, fue su primer y olvidada pieza, con música de Fracisco Caso, quien años después vincularía a Manzi con Troilo. Nacería así uno de los más lúcidos binomios autorales del tango. La prematura muerte del poeta, abatido por un cáncer el 3 de mayo de 1951, fue llorada por Troilo con "Responso", un conmovedor tango instrumental. Este mismo músico genial y un Manzi agonizante habían rendido tributo a otro letrista fundamental, Enrique Santos Discepolo, con otro tango antológico: "Discepolín". Este moriría del corazón antes de concluir ese mismo año.

Un aporte decisivo de Manzi a la música rioplatense fue el remozamiento y la jerarquización de la milonga, género que convive con el tango como un testimonio de sus orígenes. Junto con el pianista Sebastián Piana escribió grandes clásicos, como "Milonga sentimental", "Milonga del 900" y "Milonga triste". Piana y Manzi son autores, además, de tangos tan prominentes como "El pescante" y "De barro", y de un vals de singular belleza: "Paisaje", sin olvidar a "Viejo ciego", cuyas notas -posteriores al poema- fueron puestas por Piana y Cátulo Castillo.

Otra vertiente particular en la obra de Manzi fue su mimetización con la fiebre romántica que contrajo el tango en los años '40, tendencia a la que legó piezas de extraordinario valor, como "Fruta amarga", "Torrente", "Después", "Ninguna" o "Fuimos". En este último, escrito con el inspiradísimo bandoneonista José Dames, Manzi construye un poema de imágenes enormemente audaces ("Fui como una lluvia de cenizas y fatigas / en las horas resignadas de tu vida...") para una canción popular, y, de hecho, "Fuimos" cautivó al público y a los intérpretes, quedando instalado como un paradigma del tango elaborado y estéticamente ambicioso.

De la extensa y rica producción de Manzi deben, como mínimo, destacarse un puñado de tangos sobresalientes, no en pequeña medida debidos a la calidad de los músicos que este poeta eligió como compañeros de creación. Ninguna antología del tango puede olvidar "Monte criollo", con Francisco Pracánico; "Abandono", con Pedro Maffia; "Malena", "Solamente ella", "Mañana zarpa un barco" y "Tal vez será mi alcohol" (que la censura obligaría a convertir en "Tal vez será su voz"), con Lucio Demare; "Recién", con Osvaldo Pugliese; "En un rincón", con Héctor María Artola; "Fueye", con el cantor Charlo; "Manoblanca", sobre una antigua página de Antonio De Bassi; los valses "Romántica", con Félix Lipesker y "Romance de barrio", con Troilo, y sobre todo dos tangos definitivos: "El último organito", con su hijo Acho, y "Che, bandoneón", con Troilo.

Los 44 años que vivió Manzi le alcanzaron también para ejercer el periodismo y la cátedra, para incursionar profusamente en el cine y para una intensa y azarosa militancia gremial y política, que concluyó con su adhesión al peronismo. La letra de tango fue, sin embargo, su verdadero elemento, y es hoy la que lo mantiene vivo.

Información obtenida de: todotango.com


Buenos Aires colina chata

Sobre una colina chata
Garay trazó cuatro vientos;
por un costado La Pampa,
al otro lado un Riachuelo
y el río contra la espalda
y contra el pecho el desierto
con su horizonte de paja
y su techumbre de cielo.
Garay trazó diez manzanas
sobre un cuadrado perfecto
y el sitio de las campanas
y el lugar de su gobierno
y las casas capitanas
y los tejados modestos
y el ámbito de la plaza
para los grandes recuerdos.
Garay trazó con su espada
la forma de un pueblo nuevo.

¿Cómo era la pampa aquella
sin gauchos y sin cencerros,
sin chinas, ranchos, ni güeyas,
sin boliches ni puesteros?
¿Cómo era entonces La Pampa
sin estancias ni potreros,
sin una sola guitarra,
sin el ladrido de un perro?...
¿Sin un mazo de baraja,
sin el grito de un resero,
sin un fogón y una casa,
sin un mate y sin un cuento?...

Sólo era una pampa pampa,
con un desierto desierto
y su horizonte de paja
y su techumbre de cielo.
Qué raro que se quedaran
los españoles aquellos,
atados a las distancias
clavados a los silencios.
Tal vez porque ya eran otros
distintos de los primeros.
Tal vez porque ya eran criollos
a fuerza de sufrimientos.
Porque llegaron del norte
inaugurando senderos
madurados por los soles
y las lluvias de febrero.

Homero Manzi



Arrabal

Arrabales porteños
de casitas rosadas
donde acuna los sueños
el rasguear de las guitarras.

Donde asoma la higuera
sobre las tapias,
adornando los muros
con sus fantasmas.

Sombra,
telón azul del suburbio
donde se juega el disturbio
cuando un amor se envenena
y al dolor de la traición,
se hace rencor,
rencor y pena.

Sombra,
donde los labios se juran
mientras la noche murmura
con su voz de bandoneón.

Arrabales porteños,
en tus patios abiertos
las estrellas se asoman
y te bañan de silencio.

Y la luna amarilla
siembra misterios
caminando en puntillas
sobre tus techos.

Homero Manzi


Abandono

Llega el viento del recuerdo aquel
al rincón de mi abandono
y entre el polvo muerto del ayer
también volvió tu querer.
Yo no sé si vivirás feliz
o si el mundo te ha vencido
viviendo sin querer vivir
buscás la paz de morir.

Duda de tu ausencia y de mi culpa
pena de tener que recordar
sueño del pasado que me acusa
manos que no quieren perdonar,
dolor amigo de estar con tu sombra
remordimiento de saberte buena
dolor lejano de oír que te nombran
las voces muertas que se obstinan en volver.

Ya no sueño que retornarás
al fracaso de mi vida
ni tampoco que en tu palpitar
tendré un afán para andar.
Sólo quiero que si estás también
en la cruz del abandono
sepas olvidarme en su perdón...
Total, mirá lo que soy.

Pena de tu ausencia sin retorno
pena de saber que no vendrás,
pena de escuchar en mi abandono
voces que me acusan al llegar.
Dolor amigo de estar con tu sombra
remordimiento de saberte buena
dolor lejano de oír que te nombran
las voces muertas del ayer feliz.

Homero Manzi

domingo, 23 de mayo de 2010

Ginés Aniorte

Ginés Aniorte - Poesía y verdad

Ginés Aniorte nace en Murcia en 1960, en esta ciudad vive y trabaja como profesor. Viajero desde muy joven, ha sabido compaginar vivencias diferentes, cuyo resultado se advierte en su actitud tolerante marcada por el respeto. De su lugar de origen ha heredado las costumbres, y esa humana cercanía, posible en las ciudades habitables, que puede llevar a un mejor entendimiento y profundización de las personas y las cosas. Por esa relación con su entorno habitual, su mirada está impregnada de cálidos paisajes, y del alboroto de una tierra fértil no lejana al mar.

Los comienzos de su escritura poética fueron tempranos. En 1980 apareció el primer libro "Poemas de amor". En este libro inicial ya se advertía que su verso venía de atrás, y aparecía en las páginas sin el temblor de la primera escritura. Podríamos recoger algunos versos de otro libro del autor, "Mientras dure el invierno", donde el poeta expresa: "A decir verdad poeta lo eras al principio/ cuando en los primeros versos temblabas/ de emoción, esos que nunca publicaste". Digamos, sin temor, que Ginés Aniorte es un poeta al que sólo le ha interesado manifestar sus experiencias, a través de una palabra clara y llena de sentimiento. Amparado en su soledad, y alejado de grupos, ha sabido dar consistencia a su voz, con el equilibrio de quien encuentra la vida en el poema. Sus libros han ido desgranando belleza y verdad.

El amor es una constante en la poesía de Aniorte, junto al sentimiento de pérdida, y el deterioro que el tiempo produce. Sin dejar escapar el presente, los momentos de dicha. En otro de sus libros, "Fragmentos", con intención a veces aforística, leemos: "He adoptado la ilusión como única medida de tiempo; no pasan los días, pasan los sueños." Sueños que fueron realidad para el poeta, y han quedado prendidos a su vivir desde el recuerdo; un modo de detener el tiempo tan temido.

Es la poesía de Ginés Aniorte una poesía de claroscuro, de luz y sombra, celebración y pérdida. En "Adivinaciones", el último libro publicado, donde la singularidad de su voz aporta ricos matices, escribe el poeta sobre "el regreso de la luz". Hemos de advertir en sus palabras esa alternancia que anotamos, característica de la propia vida.

La naturaleza está presente en esta poesía, así como el interés por la cotidianidad, iluminada por la palabra, por ese don que acompaña al poeta para encontrar la belleza, compañía inseparable en los poemas de Ginés Aniorte, escritos desde un mundo reflexivo y lúcido.
Por Dionisia García

Información obtenida de Adamar, Revista de creación






Aviso

Si vinieras al sur y hasta aquí te trajeran
el azar y la vida;
si a estas tierras llegaras
guiado por la fuerza
secreta de tu instinto,
o por dejar atrás la lluvia y la memoria
que unen su caudal
al rumor de tus años;
aunque tal vez suceda que te halles de paso
en uno de tus viajes
sin rumbo y sin destino;
o que admitas amor hacia tu patria,
pero quieras huir
del norte de tus sueños...

En cualquier caso, forastero,
si decides seguir la estrella que en tu pecho
señala un paraíso,
y al llegar te abandonas,
y pones, desarmado, tus ojos en mi mundo,
extrema tu cautela:
el sur es un bandido.

Trae la razón despierta,
dispuesto el corazón a los asaltos,
atentos los sentidos.

Porque es muy probable —a otros les pasó—,
que en cualquier alto del camino
una emoción traidora te entretenga
y descuides tus pasos, confiado,
y crecido el asombro en tu mirada,
mientras bebes la luz
que un cielo azul te ofrezca,
te distraiga el milagro del ocaso
vaciando su fuego tras la tarde,
y en un desliz, entonces, cuando respires hondo,
sin que lo adviertas, a traición
y por la espalda, es muy probable —digo—
que este sur te rapte.

Ginés Aniorte


Ensoñación


Sucedió todo en la vigilia
callada de la siesta, cuando el calor aturde
el cuerpo y embelesa los sentidos,
y llegas, sin consciencia, a las lindes del sueño.
En ese instante —digo—
en que el tiempo detiene en ti sus pasos,
y tu alma, al fin, queda
suspendida de nada.

Entonces, entregado al abandono
al que no sé si me llevó el delirio,
o si fue un rapto del mañana,
como una ensoñación que brindara el destino,
me fue mostrado el día
postrero de mi vida.

Me supe lejos de esta tierra
a la que ahora entrego
el oro deslucido de mis años.

Parecía habitar en un país
al que recuerdo haber viajado un día.

Me veo sobre un lecho, derrotado.

Lentamente respiro la ausencia de los míos.

Y en esa hora incierta
que cumple mi fortuna,
apenas una luz, reflejo de otro tiempo.

La sombra de mis labios
semejan ya la nada,
esa nada que espera redimirme del mundo.

Junto a mí, una presencia
nueva que aún no se me ha dado,
y su mano avivando
la débil llama de la mía
con inútil calor, pero avivando.

De muy lejos llegaban los sones de una música,
y afuera, bajo un cielo imaginado, el sol
de la tarde caía
tras los muros de un cuarto donde alguien
susurraba, en voz baja,
un idioma ignorado todavía.

Abrí los ojos un momento,
desafiando el peso del mundo y de la vida,
por ver quién compartía allí, conmigo,
ese momento último.

Mas no me fue posible que viera yo su rostro
pues la sombra de su otra mano iba
surcando como un buitre la incendiada penumbra,
y vino hasta mi frente,
para luego posarse, con ternura,
encima de mis ojos,
dispuesto, acaso, porque así
lo intuyera, a cerrarlos
muy pronto con sus alas.

Ginés Aniorte



El huerto de mi padre

El huerto está encendido
de olivos y de rosas.
La higuera luce la hermosura
que la habita, y el níspero en sazón
pende del cielo azul y huele.

Hay parras y ciruelos,
y pájaros que cantan y rompen el silencio
de una tarde de luz.

Mi padre está ocupado en antiguos afanes,
y es el alma del huerto que hoy esplende
colmado de sus frutos y sus flores.

Acaricia los árboles como a hijos, y mira,
con ternura indecible, el delicado verde
que esparce su fulgor sobre las hojas.
Sus ojos reconocen, de cuanto brota, el nombre,
y si su mano escarba entre la hierba,
por dirigir hacia lo alto
el talle de las plantas,
se confunde su piel, y es tierra todo,
y en el sutil contacto prende el fuego
en las hondas raíces que nacen de sus pies
con ventura asombrosa.

Vendrá un día en que el alma de mi padre
ofrende al cielo su sabiduría,
y la savia del huerto
que anida en él, secreta y jubilosa.

Ese día no habrá árbol ni flor
capaz de redimirlo.

Y el naranjo oloroso,
la palmera, los pájaros que, entonces,
habiten, silenciosos, la aflicción
de una tarde cifrada en estos versos,
todo se abismará
en la sombra que guardan mis palabras,
para así confundirse con la nada
que habrá de ser el cielo ya caído
y reflejado en el espejo roto
de mi padre y su huerto ya sin vida.

Ginés Aniorte



DONDE HABITA EL OLVIDO

Cuando pasen los años
-imagina ese tiempo donde habita el olvido-,
dime qué ha de quedar
de ese minuto en que te abrazo,
del verano flamante que encendemos
tal si de un fuego último
se tratara.

En las noches
de entonces, en belleza iguales y distintas
a ésta que procura su delirio,
la luna que ahora vemos
será otra porque otros serán quienes la miren.
Nadie sabrá de este milagro
que el cielo nos ofrenda
y hoy se inflama en nosotros,
del instante preciso que cumple mi deseo
en la sed de tus labios.
La lluvia habrá borrado de este mundo
el epitafio inútil
que aún no hemos decidido,
y el viento de tu voz, que hoy me lleva en su música,
será el eco inaudible de esta breve fortuna.

Este momento acaso ya se pierde
en el mar vislumbrado de la nada,
ese mar que en su abismo
sepulta la alegría de los otros
que hace tanto soñaran como yo a ti te sueño.

También ellos supieron
que esta luna que hoy vive, asombrada, en lo alto,
no es aquella que ardiera
en el cielo espejado de sus ojos,
aunque sí sea el mismo
este brillo aparente de la falsa moneda
que en mis versos trasluce
la ficción de su plata.

Ginés Aniorte


INCITACIÓN

Pasarán estos días en que vivo
contigo, y no me turba nada
porque lo tengo todo, acaso; y otro
tiempo menos propicio negará
esta gloria a que estoy acostumbrado,
por la que vivo.

Y aunque sé muy bien
que estas firmes palabras que revelan
mi condena no pueden evitar
el fin que aquí adivino, me previenen
con su oscuro decir o con su música,
de la dicha tan breve que hoy me asiste.


Luego no es vano el pensamiento
en apariencia inútil,
si el poema ocioso al que ahora me entrego,
al fugaz discurrir de la vida provoco,
por incitarte a ti, lector querido,
que, impasible, contemplas
cómo gira este mundo, y en su vuelo se lleva
los sueños y los días
que son tu único tesoro.

Ginés Aniorte





TODAVÍA TÚ

Después de tanto tiempo,
tras de la puerta última
que cerrara el olvido,
cuando el pasado es un proscrito
que habita la memoria,
y la dicha me ofrenda
el mundo en otros labios;
ahora que la paz besa el estigma
secreto de mi pecho,
y la quietud adorna
las estancias que habito,
todavía regresas a mis sueños
para intentar salvar en vano
la exigua luz que hoy
apenas si vislumbra
tu sombra o tu recuerdo.

Ginés Aniorte

ELOGIO DE LA MUERTE

Y como antes de nacer
en que jamás fuimos, así después:
un no sentir eterno y dulce,
porque dulce es la paz del no existir.
Así me sé cuando en el sueño,
tal si fuera una muerte
que ensayo cada noche,
me adentro, y en la nada
que conforma la ausencia
de todo lo vivido, allí me entrego
a la quietud perpetua
del tiempo que se agota
en el principio de su fin.

Ginés Aniorte



HOMO SAPIENS

Aunque abrace la suerte de habitar esta dicha,
y apenas sí me inquieten los designios del cielo,
-sabedor de la sombra que acecha en mis palabras-
no me dejo cegar por la luz del destino,
pues fácil es saber que el fulgor de esta rosa
que hoy anida en mis ojos durará sólo el tiempo
de soñar una vida.

Y si bien el azar
quiere ahora premiarme con tan gratos favores,
y los astros me brindan la gracia de su lumbre,
desde el mar del olvido el pasado me dice
cuán efímera y frágil es la gloria del mundo.

Ginés Aniorte



TESTAMENTO

Lo que tengo no es mío.
Ni siquiera el amor que hoy encumbra mis alas
y es asombro del mundo,
a mí me pertenece.

Cómo legar a nadie
las raras posesiones
que me presta la vida,
si soy el poseído.

Me gustaría, un día, nombraros herederos
de aquello que aprendí
cayendo en el camino,
porque os sirviera de lección,
y procurara dicha, y al fin, no fueran vanos
los años que quemé
burlado por el tiempo.
Mas no queréis mi luz, y agradezco que hoy,
sin rubor, lo digáis,
pues no debiera nadie
regalar su tesoro
si por él no suspiran.

Os digo que es inútil
vuestro afán para nombrar

lo poco que poseo;
como si yo pudiera
libraros de la suerte que ignoráis:

esa otra pobreza
que vosotros no veis,
y es herencia imposible
que para mí quisiera.

Luego así están las cosas.

Mi gratitud exenta de gloria por los días
que a los vuestros, que son míos, cedéis,
es cuanto os lego.

No tendréis otro premio,
aunque al fin celebréis
todo aquello que ciegue
vuestros ojos ilusos porque os brille en las manos.

¿Sabréis advertir en mis tesoros
aquello que en verdad
hace el hombre más digno?

Porque tal vez cojáis,
para adornar vuestras muñecas,
el cobre y el latón.

Si es que algo me queda

Ginés Aniorte

miércoles, 19 de mayo de 2010

Mía Gallegos

Mía Gallegos Domínguez nació en San José, Costa Rica el 17 de abril de 1953. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Golpe de Albas en 1977, con el que obtuvo el Premio Joven Creación, concurso convocado por la Editorial Costa Rica y la Asociación de Autores. En 1978 recibió el premio Alfonsina Storni en Buenos Aires, Argentina por el poema Asterión, concurso auspiciado por la Fundación Givré. En 1983 obtuvo el premio de los ex becarios de la Fundación Fullbright por el poemario que lleva el título de Makyo. En ese mismo año fue galardonada con el Premio Rubén Darío del Verso Ilustrado por el poema en prosa La Mujer que conduce el coche. En 1984 se le otorgó el premio de periodismo cultural Joaquín García Monge por su trabajo en el Programa de Televisión Galería. En 1985 publicó el libro Los Reductos del Sol y recibió ese mismo año el Premio nacional de Poesía Aquileo J. Echeverría. En 1985 fue invitada a participar en el Programa de Escritores en la ciudad de Iowa, Estados Unidos.

En 1989 publicó El Claustro Elegido bajo el sello de la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia. En 1995 publicó el libro de prosa poética Los Días y los Sueños bajo el sello de la Editorial Costa Rica. En el año 2006 publicó El Umbral de las Horas en la Editorial Costa Rica y al año siguiente recibió el Premio Nacional Aquiles Echeverría en poesía.

Poemas suyos han aparecido en revistas y libros antológicos de Costa Rica y España. También han sido traducidos al inglés y al francés.

Información obtenida de artepoetica.net
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EL CLAUSTRO ELEGIDO


No busco nada.
A nadie aguardo en este día.

Esperar es una de las raras
Estratagemas de Dios
Para detenernos en un punto.

Mi país:
Montaña verde y lluvia.
Un caballo se pierde en la llanura
Imaginada,
Que ahora está vedada a mis ojos.

Busco la intensa reflexión:
La de los libros amigos,
La luz interna que preciso para vivir,
El candil de oro,
El Eclesiastés y la paciencia de Job.

A mi edad y en un país de lluvia,
El claustro es una elección.
Ahí se pierden los contornos.

La vida se diluye en un ir y venir
Del trabajo al café,
Del café a la taberna.

Busco la infancia que soy:
La llanura, la sombra del árbol gigantesco,
El único mar sin fondo,
El caballo desbocado en su furia,
El verdor de la montaña junto al cielo.

Me gusta quedarme a solas
sintiendo como la sangre me nutre de nuevas
(vestiduras.

A solas me pertenezco.
No hay dicotomía entre el espejo y yo.
Una vive y la otra sueña.
Juntas recordamos a un hombre.
Juntas hemos escrito estos versos.


Mía Gallegos

SUEÑO EN VIGILIA

Este no es un sueño.
No es el álgebra soñada,
No es la realidad imaginada
O la grieta entrevista.

Tampoco es la literatura que se parece al sueño,
O el sueño que se parece a la literatura.

Igual que La Intrusa que Borges escribió
En la vigilia,
Fui sacrificada por dos hombres.

Mi sacrificio no los hizo ni mejor ni peor.
Ahora ellos, los dos, deben olvidarme.

Mi sacrificio fue por la luz propia.
Soy una mujer que en vigilia escribe
Y recuerda a dos que amó.

El sacrificio fue amarlos,
Y no esto que ahora recuerdo,
Que se parece a cierta altura y al olvido.

Mía Gallegos


Vuelvo a la noche

De pronto vuelvo
a la noche
con mis zapatos de agua.

Me desnudo
en el lento
ejercicio de mis manos
y busco
solamente
un objeto mío,
un pequeño barco,
un cometa,
un circo de inventadas cosas,
figuras cotidianas,
tuyas y mías,
que amo.

Pero sé
que de pronto
me vuelvo inaccesible
y vuelvo a ser silencio
y llama oscura,
donde mi barco
se escapa de tu orilla.

Mía Gallegos

EN LA PIEL DE ÍCARO

¿Y si al caer desnuda como una mariposa de lumbre,
Voy a dar a tus brazos,
Y moro algunos minutos entre tus largas piernas?

Y si arrojo estos poemas en la mitad de tu lengua,
En medio de tu indómita camisa,
Sólo porque anhelo morir quemada.
¿En dónde, entonces,
Quedará toda mi vida ahogada dentro de ti?

Quiero para ello
Tener la piel de Ícaro
Y habitar dentro de ti.

Y morir de muerte,
Pero dentro de ti.

Mía Gallegos


CREAR

El oficio de la ardorosa paciencia,
Tantear la sílaba,
Buscar la palabra que apenas señala un camino.

Me siento en esta silla que emanó de un sueño,
En donde solo está un reloj despierto,
Claro
Preciso
Libre
Cambia de itinerario, me dicen.
Pero no conozco ningún camino.
Todos han sido borrados, y es menester empezar de nuevo.

Quisiera escribir como quien canta,
Como quien ensaya el papel de la rumbera
En un salón de borrachitos en el trópico.

Aquí debo crear,
Bajo esta lluvia que no cesa,
Bajo esta paciente luna inmutable.
Crear: la paciencia,
La silla, los pocos libros que conservo.

Ah, si existiera el azar,
La puerta abierta, la ventana
Sin barrotes,
Desnuda,
Infinita,
Sin una sola aldaba.

Si existiera eso otro, la vida que no es esta,
Que a veces puedo construir en mis armarios.

Trazo palabras y letras con paciencia:
Son dibujos,
Bosquejos hechos con lápiz de punta mocha.

No sale un verso entero,
Ni siquiera una cancioncilla.
Es solo un trazo, tras otro, tras otro
Como un brutal aguacero.

El oficio es la paciencia que arde.
El golpe seco.
El tin tin del corazón.

Mía Gallegos


miércoles, 12 de mayo de 2010

María Enriqueta Camarillo y Roa


María Enriqueta Camarillo y Roa nació en Coatepec el 19 de enero de 1872,
el mismo año de la muerte del presidente Benito Juárez.

Los primeros años de su infancia transcurrieron en su ciudad natal,
donde disfrutaba de dar paseos por las fincas naranjeras, bañándose en los arroyos y las pozas de La Marina y el Suchiapan Gustaba de cultivar flores, beber leche recién ordeñada y criar gallinas; cuando ya era una escritora famosa escribió un libro con sus memorias de la infancia.

Comenzó a escribir y a dibujar a los seis años Heredaba de su madre y de su familia materna el talento literario, y de su padre un gran amor y una verdadera pasión por la música.

A los siete años se trasladó con su familia a la capital del país, lo que le permitió vivir otras experiencias y cultivar sus talentos Por ese entonces, era ya presidente don Porfirio Díaz, quien apoyó las actividades culturales.

En la capital, ingresó en el Conservatorio Nacional en el año de 1887, para cursar la carrera de pianista; en 1895, recibe el diploma de maestra de piano y desde entonces, dio conciertos, audiciones, clases de música y compuso algunas piezas musicales, aunque siempre prefirió dedicarse a la escritura.

Desde los 22 años comenzó a colaborar en las revistas y periódicos más importantes del México de su época, y hace su entrada al mundo literario bajo el seudónimo de Iván Moszkowski, con el que publica sus dos primeros poemas.

Al año siguiente empezaría a ser conocida para las letras hispánicas como María Enriqueta, única figura femenina reconocida como escritora por sus contemporáneos, en pleno auge del Modernismo hispanoamericanoEl 7 de mayo de 1898, en pleno auge del Porfiriato, se casó con el historiador Carlos Pereyra. Sus primeros años de casados los vivieron en la capital del país y durante ellos María Enriqueta publicó sus primeros libros que contenían poemas que la hicieron famosa.

Carlos Pereyra ingresó al servicio diplomático mexicano en 1910, como encargado de negocios de México en la República de Cuba A partir de esta fecha, la escritora y su esposo radicaron en el extranjero A principios de 1912, elaboró una serie de libros de lectura para las escuelas primarias, a la que tituló Rosas de la infancia Publicada en 1914, esta colección fue implantada por la Secretaría de Educación Pública como libro de texto para todas las escuelas primarias del país; varias generaciones de mexicanos se acercaron a la literatura en sus páginas, para todos ellos el nombre de María Enriqueta es inolvidable.

En 1913, don Carlos Pereyra fue nombrado Embajador de México en Bélgica y Holanda con residencia en Bruselas, por lo que el matrimonio cruzó el océano y se instaló en los Países Bajos Debido al desarrollo de la Revolución en México y al estallido de la Primera Guerra Mundial, el matrimonio tuvo que abandonar Bélgica Primero se dirigieron a Suiza, pero decidieron establecerse en España En Madrid, escribió y publicó la mayor parte de sus obras: varias novelas, una de las cuales, El secreto, ganó un premio (en Francia) en 1922, como la mejor novela extranjera; un volumen de memorias, varios de poesía y algunos cuentos para niños.

Algunos de sus libros llevan ilustraciones hechas también por ella María Enriqueta fue, en su época, uno de los escritores mexicanos más leídos en muchos países. Sus libros se tradujeron al francés, al portugués y al italiano.

Después de que murió su esposo, en 1942, María Enriqueta pensó en regresar a su patria, y volvió en 1948 En Veracruz, la esperaba una multitud, y en su Coatepec nativo la recibieron con una inmensa alegría y con una gran fiesta popular.

A pesar de estas muestras de cariño, prefirió instalarse en la Ciudad de México Allí murió, enferma, ciega y sola, en el año de 1968, a los noventa y seis años Pero, todavía hoy sigue siendo recordada con mucho cariño por todos aquellos que aprendieron a leer con sus Rosas de la Infancia y por sus coterráneos coatepecanos, a quienes les dedicó su poema Coatepec.

Información obtenida de: http://portalveracruzgobmx/portal/page?_pageid=153,4202658&_dad=portal&_schema=PORTAL
http://wwwoemcommx/diariodexalapa/notas/n142970htm


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Rosas de la infancia: lectura para los niños: http://wwwcervantesvirtualcom/servlet/SirveObras/12695073224591506543435/p0000001htm#I_1_

María Enriqueta Camarillo: ¿imaginar o no imaginar? por Paola Dada en: http://wwwjornadaunammx/2001/11/04/sem-dadahtml

ROSAS PARA MARÍA ENRIQUETA, de César Augusto Vázquez Chagoya: http://occavcblogspotcom/2006/10/rosas-para-mara-enriqueta-csar-augustohtml

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FIELES AMIGAS


¡Buen tiempo hacía!
que no os veía!...
¡Cuánto mis ojos
os extrañaban!
Tarde por tarde
os esperaba....

¡Ya estáis aquí
junto de mi alma!...
¡Venid a mí,
amigas mías,
queridas lágrimas!...

Maria Enriqueta Camarillo


LUZ Y SOMBRA


Al teñirse de arrebol
la esfumada lejanía,
dicen todos;__"Nace el sol.
¡Es de día!"

Cierra el sol su rojo broche,
y al tender la sombra el manto,
sube al cielo, como un canto,
este grito,__"¡Es de noche!"

Mas no están siempre en razón
los que al ver el infinito,
lanzan en coro ese grito.
Yo, para saber lo cierto,
vuelvo mi vista a un balcón;
si está ese balcón abierto
y alzada la celosía,
digo al instante:__¡Es de dia!"
Mas si le miro cerrado
como flor que aprieta el broche,
mi corazón, desolado,
clama en voz baja,__"'Ea de noche!"...

Maria Enriqueta Camarillo


Al mar


Mientras tu canto resuena,
yo pienso en la patria mía...
Por sólo enterrar mi pena
en tus orillas de arena,
vine de mi serranía.

Vine por dejar mis males
en tus hondos arenales...
Mas, a tu abierto horizonte,
prefiero mi oscuro monte,
y a tus algas, mis rosales...

No cambio mis negras frondas
por tus aguas de colores;
mas vine a oír sus rumores,
porque dicen que tus ondas
curan los males de amores...

María Enriqueta Camarillo

AsÍ dijo el agua


En tanto que caía mansamente,
díjome el chorro en el pilón derruido:
«Del jardín de tu dueño aquí he venido;
hoy canté mis canciones en su fuente.

El rumor celestial de mi corriente
cosas tan dulces murmuró en su oído,
que el dueño de tu amor, agradecido,
ha puesto en mí sus labios reverente...»

Dijo así en el pilón. El sol ardía,
eran de fuego sus fulgores rojos...
Y yo que en fiera sed me consumía,

al tazón me incliné y bebí, de hinojos,
ese beso que él puso en la onda fría,
y que nunca pondrá sobre mis ojos...

María Enriqueta Camarillo

A una sombra

Sólo te vi un instante ...
Ibas como los pájaros:
sin detener el vuelo,
sin mirar hacia abajo...
Cuando quise apresarte
en la red de mis manos,
sólo llevaba el viento
un perfume de nardo,
y ya lejos, dos alas,
borrábanse en ocaso...
¡Oh, visión que brillaste
como fugaz relámpago!
¡Oh, visión peregrina
que, cual ave de paso,
cruzaste por el cielo
de mis soñares vagos!
Tras de ti, cual mariposas,
mis anhelos volaron,
y aun no tornan del viaje
que soy fiel y te amo.
Te amo con la locura
porque en tu vuelo rápido,
no viste que se alzaban
hacia ti mis dos manos...
Porque ante mí pasaste
como sueño fantástico,
porque ya te extinguiste
como los fuegos fatuos.
¡Oh, aparición divina,
bella porque has volado!
¡No retornes del viaje!
Yo, con pasión te amo,
porque fuiste en el cielo
de mis soñares vagos,
solamente dos alas
y un perfume de nardo...

María Enriqueta Camarillo

Renunciación

Sacó la red el pescador, henchida,
y en tanto que, feliz, del mar se aleja,
en voz más dulce que la miel de abeja
el Señor a seguirle le convida.

-Quien por buscarme, su heredad olvida,
será en mi hatillo preferida oveja-,
dice, y el pescador las redes deja
y vase tras Jesús con alma y vida.

Yo que ni redes ni heredades tengo,
que no sé de riquezas ni de honores,
que ignoro los orgullos de abolengo,

yo dejo, por seguirte, mis amores...
Eran mi bien, Señor... A ti ya vengo
más pobre que los fieles pescadores...

María Enriqueta Camarillo

Vana invitación

-Hallarás en el bosque mansa fuente
que al apagar tu sed, copie tu frente.

Dijo, y le respondí: -No tengo antojos
de ver más fuente que tus dulces ojos;
sacian ellos mi sed; son un espejo
donde recojo luz y el alma dejo...

-Escucharás, entonces, los latidos
del gran bosque en los troncos retorcidos;
o el rumor de la brisa vagorosa
que huye y vuela cual tarda mariposa...

-Bástame oír tu voz; tiene su acento
gritos de mar y susurrar de viento.

-Hay allí flores, como el sol, doradas,
y otras níveas cual puras alboradas.

-En tu mejilla rosa está el poniente,
y la blanca alborada está en tu frente.

-Hay allí noches profundas y tranquilas...
-Esas noches están en tus pupilas.

-Hay sombra en la maleza enmarañada...
-Hay sombra en tu cabeza alborotada...

-Lo que se siente ¡allí, no lo has sentido.
-A tu lado el amor he presentido.

-¡Ven! Ese bosque misterioso y quieto
va a decirte al oído su secreto...

-¡Es en vano el afán con que me llamas!
¡Si tú ya me dijiste que me amas!...

-Hay un árbol inmenso, majestuoso,
de altísimo follaje rumoroso;

en él, como serpiente, está enredada
una gigante yedra enamorada...

-Tú eres ese árbol majestuoso y fuerte:
¡deja que en ti me apoye hasta la muerte!

María Enriqueta Camarillo

Abre el libro

Abre el libro en la página que reza:
'Donde se ve que Amor sólo es tristeza',
y con tu voz de oro
que tiene sortilegios peregrinos,
¡ahuyenta, como pájaro canoro,
la sombra de esa frase, con tus trinos!...
Porque es tu voz tan dulce y lisonjera,
que si dices que Amor tiene dolores,
el dolor se resuelve en primavera,
y todas sus espinas echan flores...
¡Deja escapar tu voz, oh, dueño mío!,
y haz de esa frase triste sólo un canto:
tú puedes, con las lágrimas y el llanto,
hacer notas y perlas de rocío.
Es tu voz el crisol en que se funde
la invencible tristeza;
tan pronto como empieza
su acento a levantarse, luz de aurora
en el viento sus ráfagas difunde,
y en los abismos el dolor se hunde...
¡Es tu palabra eterna triunfadora!
Abre ya el tomo, y con tu voz suave,
destruye ese sofisma peregrino.
Seremos, mientras hablas, tú, cual ave,
y yo, como viajero absorto y grave
¡que se para a escucharte en el camino!...

María Enriqueta Camarillo

Lejos

¡Lejos!... Ya no me miras ni te miro...
Tal se alejan las hojas en su giro
llevadas por los vientos inclementes...
Mas no se apartan los que están ausentes:
puede unir la luna con sus reflejos
a todos los que aman desde lejos.
Yo te amaré por siempre con el mismo
afán; y tú también, en tu lirismo,
evocarás mi imagen desde aquellas
regiones. Así se aman las estrellas,
y así las mariposas en su anhelo,
sueñan subir para llegar al cielo...
¡Feliz quien lo anhela nunca alcanza!
ese podrá vivir con su esperanza.

...No oiré tu voz desde esta lejanía,
ni tú tampoco escucharás la mia.
No todos los amores
tienen, como la mar, dulces rumores:
hay amores que viven ignorados,
hay amores callados...
¡Oh! ¡Salve a quien enlaza con ternura
lo que vive en silencio o que murmura;
al que lleva hacia el sol las golondrinas,
al que junta la hiedra con las ruinas!
¡Oh, tierno amor que en nuestro pecho existe
con toda la dulzura de lo triste!
¡Él ha de recoger tus juramentos
cuando lleve hacia ti mis pensamientos!

...Los que ven, dos a dos, cruzar las aves
por los abiertos horizontes suaves,
no han visto en su abandono y sus congojas
al ave entre los árboles sin hojas...
Yo estaré así, cual ave entristecida
que va, sola, cruzando por la vida.
Y allá... tu corazón, viudo y sombrío,
que llora eternamente por el mio,
vivirá, del amor en el santuario,
cual monje escondido y solitario...

María Enriqueta Camarillo del poemario Rumores de mi huerto

El Relato del Romero

-Era tan linda la estrella
que vi -dijo el peregrino-
que absorto caí de hinojos
en medio de aquel camino...

Y le respondí: -Los ojos de ella,
tienen reflejo más fino
que el de la más fina estrella.

-Vi también -dijo el viajero-
cómo el viento iba alfombrando
con azahar el sendero;
al ir la flor revolando
iba en el aire dejando
perfumes y transparencia...

-Ella -interrumpí al viajero-
tiene más fragante esencia
que la flor del limonero.
Me mira por un instante
con asombro el caminante,
y luego dice: La brisa
que jugaba en rededor,
poniendo en blando temblor...

-Así, así es su sonrisa.
-La nieve del ventisquero-
sigue contando el romero-,
la nieve que allá en la altura...
-Así, así es su blancura.
-Mas ¡basta ya de mentir!-
exclama con arrebato
el peregrino al oír
que interrumpo su relato-.
¡Basta! ¡Que no puede haber
ninguna diosa o mujer
más hermosa que una estrella!
Y yo, entre la luz suavísima
que mi lámpara destella:
-¡Ella sí!- clamé -. ¡Sólo ella!...
Y señalé a la Purísima.

María Enriqueta Camarillo

Ernestina de Champourcín Morán de Loredo

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Ernestina de Champourcín Morán de Loredo (Vitoria, 10 de julio de 1905 - Madrid, 27 de marzo de 1999), poeta española perteneciente a la Generación del 27.

- Aunque algunos sostienen que nació el 11 de julio, fue en realidad el 10 de ese mes, en Vitoria, dentro de una familia católica y tradicionalista, de remoto origen francés y uruguayo.-

Su familia se trasladó cuando ella era muy joven a Madrid, en cuyo Colegio del Sagrado Corazón estudió desde los diez años. Preparada por profesores particulares, se examinó como alumna libre de bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros. Aunque quería estudiar en la Universidad, no pudo hacerlo por la oposición del padre y al plantearle su madre acompañarla a las clases.

De carácter soñador y creativo, desde muy joven escribió poesía en francés (desde niña hablaba y escribía con suma perfección el francés e inglés), que ella misma destruyó al plantearse seriamente una vocación literaria.

Sus primeros libros la dan a conocer en Madrid: En silencio (1926), Ahora (1928), La voz en el viento (1931), Cántico inútil (1936). En estos libros evoluciona desde un Modernismo inicial a la sombra de Juan Ramón Jiménez a una poesía más personal donde domina el tema del amor envuelto en una rica sensualidad. Gerardo Diego la seleccionó para su Antología de 1934.

Compartió con los intelectuales de la República actividades como el Liceo Femenino, del que fue secretaria y donde conoció en 1930 a Juan José Domenchina, secretario personal de Manuel Azaña), con el que se casó en 1936. Allí conoció también a Juan Ramón Jiménez y su mujer Zenobia Camprubí, a Concha Méndez, María de Maeztu, María Baeza, Pilar Zubiaurre, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Juan de la Encina y Rafael Alberti.

Durante la Guerra Civil, Juan Ramón Jiménez y Zenobia, preocupados por los niños huérfanos o abandonados, fundaron una especie de comité denominado "Protección de Menores". Ernestina se suma a este trabajo en calidad de enfermera. Debido a ciertos problemas con algunos milicianos deja esta labor para entrar a trabajar como auxiliar de enfermera en el hospital regentado por Lola Azaña. A partir de las vivencias que tiene en este trabajo inicia la redacción de una novela, Mientras allí se muere, inconclusa.

Marchó con su marido al exilio en Toulouse, París y México, donde sobrevivió trabajando junto a él como traductores del Fondo de Cultura Económica. También colabora igualmente para editoriales como Centauro y U.T.H.A (Unión Tipográfica Hispanoamericana); así llegan a traducir medio centenar de títulos. Colabora en la revista Rueca y publica Presencia a oscuras (1952), Cárcel de los sentidos (1960) y El nombre que me diste (1960). Su marido muere en 1959. El contenido religioso de su poesía se intensifica desde entonces. Publica Hai-kais espirituales (1967), Cartas cerradas (1968) y Poemas del ser y del estar (1972).

Retornará a España en 1972, instalándose en Madrid, y proseguirá publicando libros. Primer exilio (1978), La pared transparente (1984), Huyeron todas las islas (1988), Los encuentros frustrados (1991), primera parte de Del vacío y sus dones (1993), poesía dolorida que recorre el pasado desde la atalaya de la senectud. Discípula y amiga de Juan Ramón Jiménez, escribió sobre él uno libro de recuerdos, La ardilla y la rosa (Juan Ramón en mi memoria).

A partir de 1989 recibe distintos reconocimientos, como el premio Euskadi de Poesía, el Premio Mujer Progresista, la nominación al Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1992 y la Medalla al Mérito Artístico del Ayuntamiento de Madrid en 1997.

Murió en Madrid en marzo de 1999.

La poesía de Champourcín es intimista. Puede dividirse en tres fases: poesía del amor humano (1905-1936), poesía del amor divino (1936-1974) y poesía del amor sentido (1974-1991).



Antología de Ernestina de Champourcín


Estudio sobre la lírica de Ernestina de Champourcín

Retrato literario de Ernestina de Champourcín

Ernestina de Champourcín: una voz diferente en la Generación del 27

Información obtenida de Wikipedia

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AMBICIÓN

¡Quisiera ser viento!
Ráfaga tendida
que arrastra en su beso
el polvo y la nube,
la rosa, el lucero...
-No brisa apacible
que finge despechos
y siembra caricias-.
Yo quiero ser fuego,
volcán de aire rojo
que incendie el secreto
de todas las ramas
y todos los pechos;
aquilón desnudo,
huracán de acero,
fragua donde forjan
su actitud los cuerpos.
¡Cuando voy a ti,
quisiera ser viento
para arrebatarte
más allá del cielo!

Ernestina de Champourcín


AMOR

Puliré mi belleza con los garfios del viento.
Seré tuya sin forma, hecha polvo de aire,
diluida en un cielo de planos invisibles.

Para ti quiero, amado, la posesión sin cuerpo,
el delirio gozoso de sentir que tu abrazo
solo ciñe rosales de pura eternidad.

Nunca podrás tenerme sin abrir tu deseo
sobre la desnudez que sella lo inefable,
ni encontrarás mis labios
mientras algo concreto enraíce tu amor...

¡Que tus manos inútiles acaricien estrellas!
No entorpezcan besándome la fuga de mi cuerpo.
Seré tuya en la piel hecha fuego de sol.

Ernestina de Champourcín



CARTA AL VACÍO

Es escribir a alguien
o lanzarse al silencio,
a nadar en lo oscuro,
a encender una llama
aunque ahoguen las dudas.
¿Carta a lo que no existe?
Hay buzones alados
que se disparan solos
y un correo sin pistas
ni trayecto seguro.

Eludir el camino
que todos conocemos.
Seguir hacia adelante
ruta de los que intentan
lo que nunca pensaron
y se sienten felices
porque hay algo distinto,
porque se desvanece
de pronto lo que sobra
y no existe el vacío
si queremos colmarlo.

Ernestina de Champourcín



LAXITUD

La tarde gris y triste me agobia,
tengo sueño;
estiro lentamente
mis dos brazos abiertos
que se prenden al aire;
quieren cazar el tiempo,
aprisionarlo pronto,
robarle su secreto,
deshacer bruscamente sus límites estrechos.
Quiero llorar: no sé;
quiero reír: no puedo.
Los deseos
se estrellan contra la inexorable inercia
del silencio;
sobre mi corazón rueda grávido al peso
de la existencia toda.
Al fin me desperezo.
Logro romper el cerco
del malsano sopor,
pero apenas lo venzo
ya me torna a invadir
quedamente su tedio.
Luego...
Ya no sé más;
suspiro,
me paseo,
exprimo el tormentoso
lagar de mi cerebro,
destilo el elixir de su inquietud
en mi pecho...
Sujeto en mi memoria
repite el pensamiento;
la tarde gris y triste me agobia,
¡tengo sueño!...

Ernestina de Champourcín


SOLEDAD

Todos van, todos saben...
sólo yo no sé nada.

Sólo yo me he quedado
abstraída y lejana,

soñando realidades,
recogiendo distancias.

Cada pájaro sabe
qué sombra da su rama,

cada huella conoce
el pie que la señala.

No hay sendero sin pasos
ni jazmines sin tapia...

¡Sólo yo me he quedado
en la brisa enredada!

Sólo yo me he perdido
en un vuelo sin alas

por poblar soledades
que en el cielo lloraban.

Sólo yo no alcancé
lo que todos alcanzan

por mecer un lucero
a quien nadie besaba.

Ernestina de Champourcín



TE ESPERARÉ APOYADA EN LA CURVA DEL CIELO

Te esperaré apoyada en la curva del cielo
y todas las estrellas abrirán para verte
sus ojos conmovidos.

Te esperaré desnuda.
Seis túnicas de luz resbalando ante ti
deshojarán el ámbar moreno de mis hombros.

Nadie podrá mirarme sin que azote sus párpados
un látigo de niebla.
Sólo tú lograrás ceñir en tus pupilas
mi sien alucinada
y mis manos que ofrecen su cáliz entreabierto
a todo lo inasible.

Te esperaré encendida.
Mi antorcha despejando la noche de tus labios
libertará por fin tu esencia creadora.
¡Ven a fundirte en mí!
El agua de mis besos, ungiéndote, dirá
tu verdadero nombre.

Ernestina de Champourcín


Y SE VA MARCHITANDO...


Y se va marchitando la caja de las rosas;
no tiene quien las saque y las lleve al camino.
Un airón de perfume se nos quiebra en las manos
mientras algo se muere y nace al mismo tiempo.

Se nos frustró la cita con aquella fragancia
de tan pura, invisible, ese ramo de brisa
que apenas huele a nada
y que agavilla en sí todo el amor del mundo.

Hay cosas que no son, pero que siguen siendo
gozo, nostalgia, fronda que nunca hemos plantado,
hermosura secreta que sólo fue latido.

Ernestina de Champourcín


TIEMPO DE MAR


EL mar me pertenece
lo hago pasar entero
entre mis manos ávidas.
Lo acaricio le doy
la única mirada
sencilla que me queda
la que aún no han manchado
ni el miedo ni la muerte.

Mar limpio entre mis dedos
goteando esperanzas
porque sostiene aún
un velamen con brisa.

Mar de todos los mares
hoy contemplo en su espuma
otros mares antiguos:
aquel de mi primer
contacto con las playas
y el de aquellas lecturas
codiciosas e incómodas
bajo algún tamarindo.
y aquel otro del trópico
sin huellas de turistas
con esa pulpa tierna
que ofrece el cocotero.

Quiero olvidar aquí
lo que sucedió anoche.
el mar no tiene culpa.
Es dócil, mío, puro,
es un lebrel que lame
mis plantas mansamente.

De "Primer exilio"

Ernestina de Champourcín


Gota a gota

Hay algo -gota a gota-
que nos llena el vacío
¡Hondones del deseo!
¡Qué colmo de esperanzas!
El oleaje arrastra
caudales sin objeto
y hay muchos anaqueles
que ningún libro ocupa.
¿A dónde vamos, dime?
Aún nos quedan paisajes
con frondas ignoradas
y orquídeas que navegan
en busca de su nombre.
Quisiéramos al fin la belleza absoluta
que rebosa verdad porque la luz es nueva.
Se borran las fechas
del momento incendiado,
pero nos grabarán
como inicial las sienes.
Es el fin o el principio
de las augustas ruinas circulares.
¿Se pierde o se gana?
Hay manos que triunfan
al quedarse vacías
y otras como puños
que no conservan nada.

Ernestina de Champourcín


Huida


Inercia de la muerte. ¡Qué distancia
me aleja ya, segura, de lo humano!
Aquella rosa que murió en mi mano
será pronto recuerdo de fragancia.

Silencio de silencios. En mi estancia
diluye su perfil lo cotidiano
y retorna sin hieles a su arcano
esa amargura que la vida escancia.

Nada será de todo lo que ha sido.
Voy a ofrecer al sello del olvido
mis párpados febriles y mis labios

que inmoviliza el rictus de lo eterno.
¡Quiero escapar indemne del infierno
que arde en la trama de tus besos sabios!

Ernestina de Champourcín


La voz del viento


Búscame en ti. La flecha de mi vida
ha clavado sus rumbos en tu pecho
y esquivo entre tus brazos el acecho
de las cien rutas que mi paso olvida.

Despójame del ansia desmedida
que abrasaba mi espíritu en barbecho.
El roce de tus manos ha deshecho
la audacia de mi frente envanecida.

Navegaré en tus pulsos. Dicha inerte
del silencio total. Ávida muerte
donde renacen, tuyos, mis sentidos.

Ahoga entre tus labios mi tristeza,
y esta inquietud punzante que ya empieza
a taladrar mi sien con sus latidos.

Ernestina de Champourcín



Voy a a arraigar en ti...

Voy a a arraigar en ti. Mis fuerzas más oscuras
remueven lentamente la tierra de tu alma.
Quisiera penetrarte y enraizar mi esencia
sobre la carne viva que nutre tu fervor.

Ahondaré en ti mismo y abrasará tu sangre
el fuego de la mía rebelde y soñadora.
Invadido por mí, derribarás la cumbre
que te aleja del cielo.

¿No sientes mis raíces? Tu tallo florecido,
ebrio de sí, eterniza mi cálida fragancia.
¡Irguiéndolo alzarás la copa de mi frente,
hasta volcar su zumo en los labios del sol!

Ernestina de Champourcín

Y estás: en el vacío...

Y estás: en el vacío
y en la ausencia presente,
en la que es y vive
sin dejar de ser única
oquedad invisible
con raíces eternas.
No hay mundo que la llene
pero sí algo vivo
que la besa y la calma.

Ernestina de Champourcín















Amor de cada instante...

Amor de cada instante...
duro amor sin delicias: cadena cruz, cilicio,
gloria ausente, esperada,
gozo y tortura a un tiempo;
realidad de los siglos, gracias por ser y estar
en el nunca y el siempre.

Pues , mi ejercicio, ahora, es amarte en la ausencia,
y aferrarme a esta nada porque también es tuya
y beber ese polvo de soledad y vacío
que es Tu don del momento y Tu clara promesa.

Y por eso me obstino contra lo más cercano,
huyendo de lo fácil -metal a flor de agua-,
por Ti también me acojo a lo que nadie sabe.

Y así voy caminando por este desconcierto
oscuro y luminoso, por este amor amargo,
veteado de gloria..
.

Ernestina de Champourcín













Entrega

Iré a tus manos, limpia, indemne, sin memoria,
renacida de ti y ajena a lo tuyo,
iré a tus manos casta,
desnuda de tus besos.

Sentirás al ceñirme que una rosa de nieve
insinúa en tus palmas su gélida caricia.
Seré para tu cuerpo el lino apaciguante
que san y que perdona.

¡Deja que vaya en ti más allá de lo mío,
que abandone mi ser por la gloria del tuyo!
¡Aunque me huyas siempre,
iré a tus manos, muerta!

Ernestina de Champourcín





















Prende a mi vestido capullos de almendro,

perfuma de nardo mis negros cabellos

y entierra entre flores los tristes recuerdos.

Apaga las luces... pero haz que a lo lejos

Beethoven suspire, nostálgico y lento.

Cerraré los ojos y sobre mis dedos

se irá deshojando, silencioso y yerto,

el llanto divino del último ensueño.


Entorna las puertas. Deshaz este velo

que teji con plata. ¡Ya sólo deseo

descansar tranquila! Cuando esté deshecho,

recoge sus hilos, bésalos y... luego

deja que mis manos vayan componiendo

con las hebras rotas el postrer ensueño.


Mi vida se acaba. ¡Ya sé que me muero!

Y quiero extinguirme, muda, sonriendo,

con el alma alegre y el corazón lleno

de bellas quimeras, guardando en mi pecho

toda la agonía del postrer momento.

¡Déjame que muera viviendo mi ensueño!


Ernestina de Champourcin

Juan Delgado López


Juan Delgado López nació en Campofrío en 1933. Allí fue donde pasó parte de su infancia y a donde, ha vuelto una y otra vez en sus escritos. Con once años, tras una infancia presidida por la Guerra Civil, su familia se marchó hacia Minas de Riotinto, lugar donde ha fallecido a la edad de 76 años y donde vio fraguarse su vocación y destino literario, y donde se le honró con el título de hijo adoptivo. La obra de Juan Delgado López ha obtenido no pocos premios y distinciones, tanto dentro como fuera del país. De ella cabe decir que es tan extensa como sólida y reconocida, con títulos como Por la imposible senda de tu boca (Sevilla, 1971), El cedazo (Madrid, 1973), Oficio de vivir (Sevilla, 1975), De cuevas y silencios (Algeciras, 1988) recogidos todos en Antología amarilla (Valparaíso, Chile, 1993 y México DF, 1994). Con posterioridad ha publicado Sonetos vegetales (Badajoz, 1996), Seis sonetos para un mismo amor (Málaga, 1998), Tiranía del viento (Algeciras, 1999), Cancionero del Tinto (Sevilla, 2006), o Habitante del Bosque (Huelva, 2007).

Memoria, esencialidad y compromiso ético son los pilares sobre los que se asienta la obra de este poeta necesario, que siempre se alza desde la emoción y desde la honda y a veces desolada mirada del mundo, mediante una voz original en la que se entreveran el amargor existencial y la ternura, sostenidos ambos sobre la fértil matriz de la memoria. Juan Delgado era junto con Francisco Garfias y José Manuel de Lara, el gran poeta vivo de Huelva. El pasado mes de enero el Centro Andaluz de las Letras le rindió un homenaje en la Biblioteca de Huelva.

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Esta tarde de octubre, con tu ausencia
tan clavada en las horas,
se me ha puesto amarilla hasta la sangre
-senara de dolor, labrada y honda
para los granos rubios del recuerdo...-
y le duele a mi boca
la larga soledad de su camino
sin pájaros ni aromas.
Ya no tiene medida tu silencio
en esta lluvia de hojas
que caen del corazón sobre la tarde
de oro melancólica.
Enfermas de amarillo sol poniente,
en desbandada loca,
se van por la ventana del otoño
mis últimas alondras.

Del libro Por la imposible senda de tu boca, Sevilla, 1971


Juan Delgado López


EL OLIVO MÁS VIEJO

En el tronco asombrosamente absurdo
del olivo más viejo estaba mi retrato:
lo había modelado las manos del guardián de las verdades
durante siglos de pasar otoños callados y amarillos.

(Estaba allí su luz de bálsamos, de óleos y candiles;
su palpitar sereno de paz mediterránea,
su callado pisar con vocación de Sur,
su esmerada, importante vegetal mansedumbre que se asoma
a las cosas de Dios. Como un humano
timonel de la fértil aventura necesaria y difícil del sustento
donde navega el barco de la Historia).

Y estaba yo mirándome a los ojos, buscándome en el alma...;
y hubo un trasvase azul de eternidades de mi tronco a su tronco:
supe que todo es barro que a veces se hace estrella de infinitivo amar.
Me gustó el aire personal de su abrazo
donde gime el extraño pudor de la inocencia.

(Perfilando horizontes de soledad poblada,
el olivo encendía la paz en la memoria
y anulaba miserias desde su fruto añejo.
Su fruto que pregona maternales caricias, que acompaña
desde siempre la vida, que alimenta
la canción, la bienaventuranza, la sonrisa del pobre
que con aceite y pan va pisando senderos de paciencia).

Y me buscaba yo en los ojos del otro juan que había,
y me encontraba en el milagro
del barro vegetal, reciennacido con mil siglos de luto.
Y me buscaba yo en el gesto
endurecido por la cordura impuesta de la sombra,
y me iba encontrando en las arrugas casi cicatrizadas ya de la memoria
con la canción lejana del niño que yo era...

(Y estaba allí el olivo crisol de libertades y testigo
selecto de la paz, eterno idioma
con su sabor a tierra,
con su verde callado emancipando anhelos,
escribiendo su voz en la cintura detenida del tiempo;
estaba allí, dando cobijo al pájaro doncel de la esperanza,
patriarca señero de paciente consejo, de fértil permanencia;
hospitalario y noble, encendiendo de amor su ejecutoria).

En su tronco deforme atormentado de feliz locura,
en esa afirmación de llanto hondo
por tantas alevosas soledumbres,
en la fusta del viento que graba su señal de pertenencia
en la cara difusa del olvido,
estaba mi retrato.

(El olivo del alma, el olivo acostumbrado a dar
los buenos días a Dios con la sonrisa
de aquel que hace en justicia sus deberes;
con los brazos tendidos al abrazo,
con la luz cenicienta de su aliento alimentando al mundo;
callado y predicando el dar a manos llenas
el bálsamo que cura el hambre y las heridas
desde todos los siglos hasta todos los siglos).

Y en la verdad de mi retrato estaba
el hombre que los sueños han trascendido, han iluminado:
estaba allí la paz ya conseguida, el sabor de la esencia...
En el relieve absurdo de ásperas apariencias del olivo más viejo

estaba yo, poeta, más allá de la vida.

Juan Delgado López




ESA MIRADA TUYA, ¿QUÉ NOS DICE?


A Milivy , la niña asesinada por el cáncer que le produjo la irradiación de uranio empobrecido en el campo experimental de tiro de las fuerzas armadas de los Estados Unidos de Norteamérica, en Vieques , la Isla Nena, en Puerto Rico. Y a todos los niños que mueren en el mundo asesinados por el hambre, por el sida y por la guerra.



Me llegó tu mirada con siglos de tristeza,
inmensamente sola, terriblemente quieta.
Tu mirada de niña
que no sabe el color de los días de las niñas;
tu mirada de niña
que no tiene la luz de la mañana de las niñas;
tu mirada de niña
que no canta la canción jubilosa de las niñas.
Tu seriedad de niña, tan adulta y tan seria,
me dejó el corazón de terciopelo ajado;
las manos me dejó llenas de nada
tu mirada severa que enarbola silencios,
y la mente, repleta de miedos y de ofensas,
sofoca incendios por las noches tristes
donde no existe el dios de un futuro
sin crímenes de guerra en la carne más joven.

Cuánto dolor absurdo puede haber en los ojos
de un niño condenado a la paz de la muerte
si no sabe por qué su carne se ha vendido
al imperial destino de almacenar el crimen;
Cuánta ingenua pregunta puede haber en el gesto
con que sus niños ojos acarician la tarde
y sufren la sentencia cumplida por aviesos
arcángeles de acero que excrementan uranio.

Con silencio y asombro contemplas el pasar
de los días sin caminos, ni horizontes, ni metas;
con enferma paciencia, sofocas la tristeza
de tus ojos de niña vilmente condenada
desde un despacho oval que presume de dios
y firma los tumores en la carne de otros,
y edifica colmenas de la miel más amarga
para enlodar la historia con sus siglas marciales.
Me llegó tu mirada como un trigal inmenso:
llana, pura, sorprendida, tierna...,
me llegó tu mensaje de horfandad milenaria
que se sabe inmolada y grita su silencio...,
me llegó tu dolor de fuente seca,
de manantial perdido
donde ya sólo beben
sucias quimioterapias y absurdas conferencias,
para justificar la paz de la memoria
y la imposible vuelta al jardín de Viaques.

Una vez más se ha escrito la página más negra;
otra vez los cuervos de acero imperialistas
vomitaron su estirpe humana y criminal
de malnacidos bichos con gangrena en la sangre.
Y esta vez, te ha tocado a tí, Milivy,
la más hermosa de las niñas,
la más humana de las diosas.

Y me llega tu voz,
trascendente y sencilla,
como un pregón de paz contra los asesinos.

Juan Delgado López


LOS NIÑOS DE LAS FRESAS

Son niños, pero no saben del color que tienen los días de los niños.
Son niños, pero no tienen esa luz que hay en la mirada de los niños.
Son niños, pero no cantan la canción de inocencia de los niños.

Llevan luto en la flor del pensamiento, tienen
las manos repletas de vacío los niños de las fresas,
la sangre, adulta de chabolas y de ratas, enarbola silencios,
el corazón, dolido de miedos y de ofensas,
sofoca incendios por las noches tristes
donde no existe el dios de un futuro sin hambres y sin penas.

Ven y escuchan el rezo del trabajo
de sus padres, los niños de las fresas,
y saben, sin saber, que son extraños
en la verdad mentida de una tierra
de soles y de bienes que ellos quisieran suya,
por que tiene “...y ganarás el pan...”, el trigo de la bíblica sentencia,
y “...el sudor de tu frente” que tiranos gobiernos, sucios tejemanejes,
imperiales arreglos, políticas injurias, les quitó de la tierra de su herencia;
y saben, sin saber, que para ellos
estos soles alumbran soledades y llantos y miserias.

A veces, sólo a veces, ven como pasa el carro de la vida
donde no tienen sitio para amparar su aliento los niños de las fresas;
o ven pasar la risa caliente de otros niños,
que ajenos a su erial de negaciones,
retozan el pensil de la riqueza
con el fantasma orondo de los colesteroles
minándoles la sangre placentera.

Recuerdan los senderos de moscas y de mocos,
de hambrunas dislocadas, de esclavitud, de guerras
que dejaron atrás; de muerte que les sigue mordiendo los talones
y que amortaja sueños...
Los niños de las fresas
están ahí, otra vez, al borde del camino, escondidos, huidizos,
con sus miradas triste, con ayunos a cuestas,
con su dolor de siglos, con sus manos vacías,
con silencio y asombro, con enferma paciencia;
cargados de injusticias, y de marginación, y sin papeles,
con la muerte acechando. En la desolación de sus miserias.

Ahí están, y todavía sonríen los niños de las fresas
a este sol que alimenta su ansiosa calentura,
para que sea su sol, su esperanza, su escuela...

Pero no les dejamos. Y se mueren
de frío y desamor los niños de las fresas.

Juan Delgado López



EL SILENCIO CULPABLE



Está la calle igual que una colmena enfurecida,
todo es dolor con una efervescencia de imposible retorno
a las rubias mañanas de sol cálido y tierno.
Por la calle de escombros y metralla
pasa un niño corriendo con mil siglos de luto en la mirada.
El polvo, el estallido de las bombas, el tambor del silencio,
machacan la inocente pregunta.
Lleva sangre en el rostro, y en el aliento sangre,
y en las profundas simas de su miedo hay arroyos de sangre.
Los ojos lleva el niño inmensamente abiertos,
porque ya no hay sorpresas en los ojos del niño,
sólo hay tormentas de dolor..., la ausencia
de sus padres le hiere los ijares tiernos de la memoria,
los vio morir, a su vera, deshechos
por la bomba asesina. El niño no ha tenido
un chaleco blindado para el alma,
y se fueron cayendo, poco a poco o de golpe,
las párvulas nociones de esperanza, de sueños, de caricias.
Se le escapó la miel de la inocencia
y en su lugar crecieron los resabios
del odio, del dolor, del miedo negro en la cerviz del llanto...
El cansancio le aturde, el sudor y la noche oscurecen su aliento;
maldice, sin saber que maldice, al viento de la guerra
que desgajó su infancia de soles estrenados,
que arrancó de un zarpazo el árbol de su vida,
Por la calle de escombros, como él, anda huyendo
un perro solitario y famélico de amor;
¿quien es más indefenso ante la muerte,
el niño, el perro, la canción, la flor o la sonrisa?

Fríamente calculadas desde un despacho avieso y desalmado,
en la calle de escombros siguen cayendo bombas.
¿Qué puede hacer el niño?
Silencio.
¿Qué culpa tiene el niño?
Silencio.
¿Quién ha matado al niño?
Silencio.

Juan Delgado López





Noches de invierno. Lentas,
eternas noches de mi infancia oscura
al calor de mentidas sobremesas.
Benita nos contaba extraños cuentos
de amor, de bandoleros, de serpientes....
todos pasados por la criba noble
de su imaginación empecinada.
Noches de invierno. Noches agoreras
que marcaron a fuego mis ijares
blancos de niño pobre. Apenas era
el tiempo en que la guerra -los balazos-
dejaran de sentirse por la sangre;
hubo victoria de unos, y vencidos
fueron unos también, pero los niños
sólo saben jugar, no les importa
el color ni la idea de los hombres.
En las noches de los años cuarenta
yo era un niño tan sólo que escuchaba
para mejor disimular el hambre.
Fue por aquellos años desquiciados
cuando leí, mientras jugaban otros,
a los Maestros Rusos, Victor Hugo,
y no sé cuantas más cosas absurdas
para mi corta edad -mis tantos siglos-.
Luego en la cama, el frío y las serpientes
y la novia imposible y los bandidos
y los fusilamientos... Sobre todo
el estómago enano que gritaba
sin saber que era cosa de silencios.

Del libro El Cedazo Madrid 1973

Juan Delgado López


La soledad es una encrucijada
de los cinco sentidos. Sangre abajo
el peso de las horas, y el trabajo
constante de la angustia encabritada.

Es una cueva -mente- abandonada
refugio de murciélagos. Atajo
de todos los cansancios y sombrajo
antesala primera de la nada.

La soledad es viento de recuerdo
que aprieta el corazón hasta dejarlo
en pozo de fatales emociones.

Mi soledad y yo vamos de acuerdo
en sufrir el silencio y anegarlo
de bellas e imposibles soluciones.

Del libro Oficio de vivir Sevilla, 1975

Juan Delgado López


Sentado en la orilla, un hombre
viendo las aguas pasar,
mira el tiempo que se escapa
y mira su soledad.

El agua que viene
siempre es el agua que se va.

Miles de gotas, segundos
que suman la eternidad,
en el hombre van haciendo
castillos de soledad.

Líquida historia, la sangre
es un río de ansiedad.

El hombre sabe que ha muerto,
sabe que su alma está
flotando sobre las aguas
vestida de soledad.

Y el agua sigue su curso
camino del ancho mar.

Del libro Cancionero del Odiel, Riotinto, 1991

Juan Delgado López